|
Reseñas de peliculas y directores |
|
Sobre Bertrand Blier Una delicada capa de absurdo Por Diego Ruiz
Bertrand Blier (Francia, 1939) es básicamente un escritor, como
él mismo lo afirma, y como lo ha ratificado con una permanente presencia
literaria y escénica en el espectro artístico francés
y europeo. Sin embargo, el medio que ha permitido nuestro acercamiento
a sus cualidades creadoras no ha sido precisamente la novela o el teatro,
ha sido el cine. Entre 1974 y 1996 ha dirigido 12 largometrajes, que además
de plasmar su potencialidad narrativa y dramática, han fracturado
de manera sana las estructuras formales del arte audiovisual. Ha unido
con meticulosidad piezas diminutas de originalidad hasta configurar un
estilo de amplias direcciones interpretativas, oblicuas figuras narrativas,
espejos de fría intimidad y personajes pulcros al igual que llenos
de aberración. Bertrand Blier lidera una intención estética
que demanda la atención en el mejor sentido: para comunicar las
reflexiones de un hombre inteligente, él mismo.
El margen de las consideraciones de Blier respecto al drama humano es
de indistinta definición debido a una intensa capa de absurdo, una
característica de automática lectura en todas sus realizaciones.
Un absurdo dominante en sus personajes y extendido a los ambientes, a los
hilos conductores de las historias y a cada cuadro representado. Pero lo
contrario, lo opuesto a la razón, el sin sentido; se oscurecen más
que de por sí cuando se acompañan de estructuras dramáticas
simples, razonables y con pleno sentido. De este modo, los argumentos que
Blier expone se aproximan a cierta indefinición en la que siendo
temas cotidianos del discurso existencial se esfuman en la forma; y por
otra vía, esos mismos argumentos se distinguen con brillantez siendo
representaciones sentimentales encarnadas por sus personajes.
Un caso ejemplar de lo anterior puede ser el que
se desarrolla en Beau Père (Tu me hiciste mujer, 1981), su
quinta película, cuando Rémi (Patrick Dewaere) siendo el
padrastro de Marion (Ariel Basse) se enamora de su hijastra y ésta
de él, luego de la muerte de la madre. El absurdo aparece al revolucionar
la relación de un padrastro de 30 años con su hijastra de
14 en una relación amorosa. Pero este impresionante artilugio sumergido
en la casualidad y el amor se difumina lentamente al permitir el delicado
desenlace del absurdo en cada uno interiormente; es decir, las circunstancias
que envuelven a Rémi lo arrojan hacia un cúmulo de sentimientos
dramáticamente más conmovedores que la fachada de un semi-incesto.
Igualmente, la actitud de Marion es más cautivante en tanto más
ansiosa de amor y menos sometida por el contexto.
Así pues que hablar de los asuntos o temas cinematográficos
de Blier podría ser la proposición de palabras que se evaporan,
como se evaporan esos mismos temas en sus películas ante el estallido
dramático de los personajes. Esos brotes interpretativos son una
textura audiovisual en el marco de sensaciones que abruman, son dibujos
infectos de alma; son el tornillo colosal que sujeta un entorno apesadumbrado,
girando hasta dejarlo caer y liberarse, girando hasta asirlo con fuerza
y soportar su revoltijo, o sin girar y aún así, desprenderse
sin explicación o mantenerse aprisionado. Son los personajes de
Bertrand Blier el rasgo más intenso de su fabulación con
las imágenes.
Alejado de un pragmatismo natural como el de "A veces me pongo a mirar
una piedra./ No me pongo a pensar si siente."; si para Bertrand Blier las
piedras fueran un motivo las haría sentir, actuar y decirlo todo
sin esperar entendimiento. Se acerca, más bien, a un pragmatismo
anti-natural como el de continuar con los sentimientos en los muertos o
materializar los pensamientos a la vez que se suceden en la turbia mente
de los personajes. En Un, deux, trois soleil (Un, dos, tres sol;
1993) después de sacudir mortalmente con un tiro de escopeta a Pablito
(Petit Paul interpretado por Oliver Martinez) inserta nuevamente su figura
y su acontecer post-mortis al acompañar a su novia Victorine (Anouk
Grinberg) a un bar. En Trop belle pour toi (Demasiado
bella para ti, 1989) cenan Bernard y Colette cómodamente (Gérard
Depardieu, Josiane Balasko) a manera de suceso real idealizado por Bernard
mientras camina por la calle; y en esa misma cena aparece Florence (Carole
Bouquet) para lavar los platos y compartir un café mientras es idealización
de Bernard y Colette en su conversación, imaginada ya antes por
Bernard. Con esta clase de artificios de estilo, de trucos narrativos,
Blier concilia lo ilógico para transmitir, algo así, como
lo que padecen anímicamente sus personajes. Dispone un conjunto
de ocurrencias en apariencia incoherentes para que los individuos se manifiesten
íntegramente, expongan su pena y compartan su aliento con el espectador.
La elaboración de un mundo de ficción habitado por seres
con tal precedente constitutivo tiene su primer día de luz a manos
del manipulador de existencias, Señor Blier, con Les Valseuses
(Los rompepelotas, 1974) inspirada en una novela del mismo nombre publicada
por Blier en 1972. Protagonizada por Gérard Depardieu (Jean-Claude)
y Patrik Dewaere (Pierrot) pasea a los dos jovenzuelos por toda Francia
deslizando su jovialidad de fechoría en fechoría. Como ángeles
rapaces engullen el planeta acomodando en el rostro una risita cínica
después de fugarse de un escenario a otro; no sólo mordisquean
los sucesos sino que los devoran con una mueca cómica. La excusa
es "descubrir la vida" experimentándolo todo, agotándola.
"Es una película desesperadamente optimista... Es la prefiguración
de un momento revolucionario cuyo dominio es la utopía." decía
Bernardo Bertolucci de la primera realización de Blier. Es una película
de carreteras al ritmo de hormonas en ebullición clamantes de cierta
libertad, manifiesta por medio de símbolos de transitoriedad como
los autos, los trenes, la promiscuidad y las prolongadas líneas
de asfalto. Transitar durante dos horas a la par de Jean y Pierrot es un
baño de ingenuo idealismo que remueve en el espíritu el moho
que cubre la utopía.
En los setenta muchos espectadores se afligieron ante tal desparpajo
satírico arrojado con frescura en el andar de Jean y Pierrot: -
Tú lo que necesitas es una mujer que brinde amor de verdad, dice
Jean a Pierrot. – Sí, eso es; contesta Pierrot. De inmediato se
aprestan tras una mujer de cincuenta años que sale de prisión;
abordan a Jeanne Pirolle (Jeanne Moreau) en la puerta de la penitenciaría
y la convencen de brindarse placer mutuamente, sin compromiso ni intereses
incógnitos. Jeanne accede inerme y parca al goce para luego suicidarse
como acto consciente de plena satisfacción. Lo maravilloso de cada
personaje es que sus deseos no admiten postergación, los anhelos
son inmediatos y sus sueños se reducen al acto que ejecutan; suprimen
la expectativa del futuro accionando con pasión el estar en presente.
Un par de años después reaparece Blier con Calmos
(1976), "una inspirada explosión de fantasía porno" afirmaba
la crítica norteamericana Pauline Kael. En esta ocasión Jean-Pierre
Marielle y Jean Rochefort interpretan a un ginecólogo y un gígolo
respectivamente, agotados de cualquier sugerencia sexual femenina. El doctor
no soporta ver una vagina más y el gígolo está exhausto
de la exigencia sexual de las mujeres. Deciden refugiarse en una villa
con la única compañía de los sacerdotes del lugar,
pero el casto encierro se torna en pesadilla concúbita al presentarse
un regimiento de mujeres armadas que los obliga a trabajar en un burdel.
En aire de comedia discurre delirante hacia la reflexión entorno
a los esquemas de dominio sexual prefigurados por el sentido común.
La película termina con los dos hombres caminando hacia el interior
de la vagina de una mujer gigante penetrada en el acto por su amante.
Préparez vos mouchoirs (¿Quiere ser el amante de
mi mujer?, 1978) es el tercer largometraje de Blier que se suma con vitalidad
a una intención no subterránea de liberar de hipocresía
los confusos fundamentos humanos. Nuevamente Gérard Depardieu y
Patrik Dewaere son punto de convergencia de una fábula subversiva
"más extravagante y menos abrasiva" afirma Blier. Con sosiego narrativo,
a diferencia de Les Valseuses y Calmos, se presenta una ulceración
en valores tradicionales como la pareja, la familia y la maternidad con
la mediación de un ridículo revestimiento de los acontecimientos
y los personajes. Raoul (Depardieu) es un instructor de conducción
incapaz de procurar en su esposa Solange (Carole Laure) una caricia, una
sonrisa, mucho menos la intención de tener un bebé o alguna
cosa diferente a tejer. Solange habita sin tener incentivos del entorno,
como una durmiente cuya respiración es el único indicio de
vida. Raoul propone a Stéphane (Dewaere), un completo extraño,
brindar algo de felicidad a su esposa y hacerle un hijo, éste acepta
pero al tratar a Solange no consigue despertarla de su letargo. Sin embargo,
los dos hombres desarrollan una extraña amistad respaldada en una
gran pasión por Mozart, alimentada en Raoul por Stéphane.
"Quería hacer una película acerca de dos imbéciles
que hablan de Mozart como lo harían de un partido de fútbol"
dice Blier.
Posteriormente Raoul y Stéphane llevan a Solange al campo con
la idea de que un cambio de aire mejorará su condición, allí
se topan con Cristian, un pequeño prodigio de trece años,
propietario de un emporio industrial en plan de visita para observar a
los pobres, sus futuros empleados. El chico despierta inquietud en Solange
que se lo lleva a la cama, se convierten en amantes y al final Solange
es felizmente preñada por el pequeño. Solange "es el símbolo
perfecto de la feminidad –el ideal– porque nadie la entiende. Creo que
los hombres, yo mismo, por ejemplo, entendemos muy pocas cosas acerca de
las mujeres. Por eso es que hago películas de hombres que no entienden
lo que pasa en la mente femenina.", comenta Blier.
Sin chistes respecto a las comidas, a continuación
el plato frío,
Buffett Froid (1979). Se recomienda abrigo
porque el ambiente, en esta ocasión, es de bajas temperaturas anímicas.
En esta película un suspiro es congelado y luego quebrado en fragmentos
que se esparcen por el lugar sin perder su estado sólido, de ninguna
manera esas piezas de exhalación recobran la calidez de una expresión.
La poética se suprime con un parlamento frígido, la consecuencia
de los actos se interrumpe ante la ausencia de anhelo por un acto siguiente,
ni una sola sonrisa, menos una emoción; tan sólo apatía
y malas maneras. En la cuarta realización de Blier los gestos son
secos, sin fibra sentimental, entonces uno se parte... de risa árida.
Blier extrae la sustancia de las cosas y las exhibe pálidas, a punto
de fenecer; de hecho, cada personaje, luego de rodear un tanto la poquedad,
muere.
Alphonse Tram (Gérard Depardieu), un desempleado psicópata
que apuñala casualmente a un simple ciudadano en el metro (Michel
Serrault); Morvandiau (Bernard Blier), un inspector de policía con
más de criminal que de justiciero, y un asesino en serie (Jean Carmet)
que mata a la esposa de Alphonse, se alían para ejecutar un contrato
de asesinato, para protegerse y huir atemorizados del peligro que encierra
la urbe francesa. Pero hasta el campo los persigue la muerte, los aniquila
uno por uno hasta cerrar el círculo de juegos agónicos con
un disparo sobre Alphonse a manos de la hija del simple ciudadano del metro
(Carole Bouquet).
La escena urbana contemporánea es el objeto de esta sátira.
En una melodía de contrapunto reflexivo se ridiculizan los entes
que encarnan la alienación, la violencia y la justicia. Los primeros
en temer y esconderse del crimen son los criminales, entonces se enlaza
una cadena de miedo que se alimenta espontáneamente: los criminales
acosados por un temor creciente acometen con ferocidad para protegerse,
ejercen la violencia como respuesta ante el temor, éste a la vez
más grande por la misma violencia que ellos han generado. Llegado
el punto en que nosotros, ciudadanos, cargamos armas para el caso de...;
ya se está en esa cadena de temor en la que el quicio es lo primero
en asfixiarse; lo siguiente es el desborde de la cadena, su rompimiento,
la muerte o la huida.
En 1980 Blier publica la novela Beau-Pére (Step-Father)
que adaptará para cine en 1981 con el mismo nombre. Como citaba
al inicio es la historia de un amor entre Rémi y su hijastra Marion
en medio de la aparente aberración que encierra una relación
entre cuerpos dispares; pero como además de los cuerpos existe una
plano interior en los seres que domina, o intenta dominar las formas a
que estan sometidos, se consigue convertir la aberración en un gesto
íntimo de verdad amorosa. Lo difícil es conservar limpia
esa verdad con la humildad y entrega que se requiere; allí es cuando
claudican Rémi y Marion marcando tan sólo una experiencia
de vida y no ese precioso ideal denominado convivencia.
"Rémi es un símbolo de mi generación... Estamos
marcados por que falta, ustedes saben, el conocimiento de la vida. Por
eso es que mis personajes son un poco estúpidos... porque su generación
lo es." comenta Blier. Lo paradójico en los comentarios del director
es que sin proponerse enfocar personajes maravillosos; es decir, superiores;
y apuntando más bien hacia individuos imbéciles o estúpidos,
ha creado seres extraordinarios. Su grandeza no consiste en demostrar lucidez
en las palabras o en las acciones, sino en denotarlas con una flexión
interior que los hace ver transparentes, pulcros; aunque sea desde la torpeza.
La inteligencia se suscribe generalmente a estigmas demasiado complejos
que muy pocos hombres podrían desenmarañar a favor de dicha
transparencia. La inteligencia, dado el amplio y necio cuerpo de prefiguraciones
de orden y status humano, sólo en escasas ocasiones deja de ser
una roña en el centro del alma, cada vez la ayuda menos a resplandecer.
En este sentido, bienvenida la estupidez de Rémi.
La Femme de mon pôte (My best friend´s girl, 1983)
o "El arte de filmar nada" como la denominó sarcásticamente
el crítico francés Jean-Pierre Jeancolas, es la siguiente
realización de Blier. Además: "un tedioso fracaso", "excelente
uso de las locaciones", "ejercicio superficial", "virtualmente indistinguible
entre el torrente de otros, deliberadamente casuales, juegos románticos
producidos en serie cada año en Francia". En otros términos,
según la crítica internacional, no hay con qué hacer
un caldo en el drama triangular de Pascal (Thierry Lhermitte), Mickey (el
reconocido comediante de teatro Coluche) y Viviane (Isabelle Hupert). Pero
sorteando, al igual que Blier, el ¿ataque? de la crítica,
digamos que en vez de caldo es un amasijo de experiencia, claro está,
desde la perspectiva que propician diez y seis años transcurridos.
Los amigos del título son Pascal y Mickey, un par de solteros
que pasan una temporada en el chalet de Pascal ubicado en los Alpes. Los
problemas comienzan con el arribo de Viviane, la última conquista
de Pascal, que torna su atención sobre Mickey en la ausencia del
otro. Pero la chica, acostumbrada a los amoríos, abandona abruptamente
al par de amigos por un desconocido que finalmente le roba y la abandona;
entonces regresa a casa de Pascal, precisamente, cuando los dos mejores
amigos discuten sobre qué hacer en caso de que esa puta regrese.
Lamentablemente, como otras películas del director, ésta
no ha sido posible verla en nuestro país; por tanto, se hace imposible
corroborar el tino de los comentarios de la crítica o el desatino
del director, y menos completar una mirada íntegra sobre su cinematografía,
que sea entonces, referente informativo respecto a la progresión
cinematográfica de Bertrand Blier.
Al año siguiente Blier presenta Nôtre histoire (Nuestra
historia, 1984) con la misma correspondencia por parte de la crítica
a pesar de haber ganado algunos premios en los Césars al mejor guión
y mejor actor para Alan Delon. Es la historia del encuentro casual en un
tren entre Robert Avranche (Alain Delon), propietario de una taller y Donatienne,
una ama de casa divorciada. Repentinamente Robert sigue a Donatienne a
su casa para luego instalarse en un sillón de la sala a beber cerveza
todo el tiempo, a la manera de un marido de domingo. Donatienne se las
arregla para que los amigos de Robert vengan a recogerlo, pero Robert se
refugia en sus sueños a fin de procurar la escabullida de una vida
vacía. Es la ambigüedad entre la realidad y la fantasía
el soporte narrativo que permite a Robert buscar un lugar en el que su
profunda decepción se transforme en satisfactoria certidumbre existencial.
Si bien Blier ha pretendido experimentar con estructuras complejas que
permitan un relato más cercano a lo emotivo que subyace en personajes
como Robert, sus intentos ocasionalmente fallan, justamente, por el exceso
de artificio. Sobrepasado cierto punto en las elaboraciones formales, se
hace perceptible una distancia entre el desarrollo del estilo y la línea
argumentativa, develando así, fisuras en la relación eufónica
de una cosa con otra. Sin embargo, es de reconocer que la experimentación
de Blier obedece a una intención sensata de hallar herramientas
novedosas que permitan la expresión amplia de pliegues sentimentales
como alternativa frente al uso reiterativo de clisés y al agotamiento
de posibilidades expresivas. No es una experimentación que pretenda
justificarse de por sí; por el sólo hecho de ejecutarse amparándose
en la reverencial condescendencia que encierra culturalmente el término.
Tenue de sortiée (Traje de etiqueta, 1986), continuando
con la caprichosa línea que dibujan las críticas en la carrera
de un director, es la obra de Blier que permite comentarios como: "uno
de los más tiernos episodios románticos del cine reciente",
"la imaginación abrasiva y la mala crónica prueban que se
prendió fuego contra algunas de las primeras películas de
Blier", "Bertrand Blier es verdaderamente grandioso", "sus dos películas
anteriores fueron subestimadas", etc. A este punto, esa cualidad que sobrecoge
a la crítica cinematográfica en la permanente contradicción
se balancea entre la virtud y la ineptitud. En cualquier caso, se patenta
que las obras cinematográficas, por su amplio proceso de elaboración,
merecen de sus más fieles observadores –los críticos– una
apreciación más que casual según el abrupto estado
anímico.
Traje de etiqueta es la historia de Bob (Gérard Depardieu), intruso
en la relación de Antoine (Michel Blanc) y Monique (Miou-Miou).
Bob pretende el amor de Antoine y lo consigue echando mano de finas estrategias
de seducción. Comenta Blier "No es una película acerca de
la homosexualidad. Es acerca de los problemas actuales del hombre y la
mujer joven. Es una película que hace un punto de diferencia entre
el amor y las relaciones sexuales... también es acerca de la mujer
como un objeto soñado." En la apariencia general de la historia
no se descubre el porque de un giro en el reconocimiento a Blier tanto
de la crítica como del público (en la primera semana de exhibición
en Francia se registraron 900.000 entradas); pero, como se dice al inicio
de este artículo, los temas (o historias) en este director se disipan
rápidamente para dar paso al tránsito liberado de los personajes.
La fuerza de esos personajes y no de los temas se convierte en lo más
revelador gracias a cierta comunión con el espectador, con su mundo
particular, su vivencia real, lo que motiva sus lágrimas, lo que
incita la risa, su asombro o miedo. Para el espectador, el humano, son
episodios fragmentados acaecidos en la cercanía del entorno y no
sucesos observados en un plano general (a la mera de estudios sociológicos)
los que determinan su personalidad. El transeúnte que recorre una
acera mirando toda clase de artículos en las vitrinas o el que conduce
su auto, cualquiera, no está dotado de una percepción tan
amplia como para asumir las diminutas piezas (cosas y acciones reales)
que configuran su vida, como temas. En otras palabras, la individualidad
permite dilucidar directamente y como punto de referencia, la intimidad,
no lo amplio y universal. Entonces, al representar seres que se desenvuelven
partiendo de esa misma intimidad y no asumiendo las dimensiones de un tema,
se concibe dicha comunión.
Trop belle pour toi esconde la experimentación tras una
certeza narrativa que no admite cuestionamientos de forma. La precisión
constructiva logra ahora el concierto que no consigue Nôtre histoire.
¿Qué concierto? ¿Qué forma? Me reservo el intento
de respuesta porque a este punto, Bertrand Blier es un director verdaderamente
complejo. No se entienda, por favor, "lejano de entendimiento"; por el
contrario, la historia de Bernard, Colette y Florence es tan sencilla como
la del pájaro que quiere el pan y el queso. En ambas historias aparece
un zorro que se lo lleva todo, pero que en realidad no es sagacidad del
zorro, es la ingenuidad del pájaro que lo quería todo y ahora
vuela ligero pero lleno de remordimiento. Lo complejo es la forma bajo
la cual se establece el concierto.
Bernard es el gerente de una concesionaria de autos que se enamora al
instante de Colette, su nueva secretaria; una mujer madura sin tantos aparentes
atractivos como su hermosa esposa Florence. Está completamente enamorado
de Colette pero es que Florence es tan bella..., demasiado bella. Mientras
resuelve desaparece Colette y mientras regresa a buscarla desaparece Florence.
La piedra que lanza el zorro como engaño y consuelo para el pájaro,
en el caso de Bernard son las melodías de Schubert, a la manera
de una patada en el culo, como dice Bernard.
Si al principio el cúmulo de relaciones ridículas, cambios
de lugar y tiempo, saltos narrativos y características ambiguas
en los personajes podía denominarse como absurdo; en Trop Belle
pour toi los sucesos acontecen consecuentemente y aun así, son
inexplicables. Se trasciende el uso de los planos dimensionales pasando
del ensueño a un pensamiento, a un recuerdo; se disloca el tiempo
real uniendo varios tiempos alternativos. El medidor que determina la coherencia
de los movimientos particulares en el relato es la capacidad receptiva
del espectador, calculada certeramente por Blier.
Su siguiente producción es Merci la vie (Thanks for Life,
1991) protagonizada por Charlotte Gainsbourg (Camille) y Anouk Grinberg
(Joëlle). Mercí la vie no se ha presentado en Colombia;
pero, según vagas reseñas es "Una deslumbrante exhibición
de estilo y destreza por Blier y su tropa. Es el relato de la inocente
Camille y la preciosa Joëlle que se hacen amigas e inician el camino
del auto-conocimiento en una nebulosa de diferentes períodos: entre
el presente y la época de la ocupación Nazi en Francia..."
Además la señalan como "Histéricamente graciosa, ultrajante
y liberadora."
Un, dos, tres stop; o un, dos, tres estatua; así
le decíamos por mi cuadra al juego que en la cuadra de Victorine
llaman Un, deux, trois soleil; el sol, el sol, la poética
naturalista mientras que uno estaba inspirado en la colonización
gringa. El juego consiste en que alguno de los chicos se hace contra la
pared y cuenta mientras los demás se acercan por la espalda, al
pronunciar la última palabra el chico de la pared debe darse vuelta
de inmediato para identificar quiénes no están congelados
y expulsarlos del juego. La finalidad es llegar hasta la pared para luego
ser quien cuenta y se da vuelta. Lo que me parecía más difícil
de este juego era que se salieran los que uno decía que se habían
movido, para Victorine, lo difícil es que no la violen sus amigüitos
al acercarse por la espalda. "Pero si ya es momento Victorine, ya tienes
tetas"; le dicen los compañeros. Es cierto, ya tiene teticas, ha
llegado el momento de crecer. Entonces la película es sobre Victorine,
dejando la niñez a regañadientes y aceptando con lástima
la adultez. "Victorine / Sí papá / Me falta un poquito de
valor (para aceptar la muerte) / A mí también me falta un
poquito (para aceptar la vida) / Victorine / Sí papá / Hay
que caminar con la frente en alto / Sí papá / Aun cuando
desees bajarla / Sí papá / Mira como me mantengo erguido
(cruza el umbral) / Sí papá, te veo, estás erguido.
Eres bello, eres fuerte... y a los infelices los joden, los joden." Así
concluye la onceava película de Bertrand Blier; las palabras son
de Marcello Mastroianni como papá de Victorine en una de sus últimas
actuaciones y de Anouk Grinberg (Victorine) la esposa del director.
Es una crónica social plagada de extremos no lejanos a la Francia
contemporánea de los suburbios y el neoliberalismo. Estos extremos
son la figuración de una protesta contra la pobreza, el hambre,
la escuela con violadores de 12 años, el amor conforme e idealista,
la estupidez humana, los gestos de humanidad y el amor por el padre; entorno
de obligatoria circulación para la dulce Victorine. Su lugar entre
el tumulto de desdichas es brindar consuelo a la manera de una madre. A
pesar del contexto social realista, Victorine es una creación urdida
adicionalmente por el asomo del desvarío. Se advierte en casos como
el de proceder maternalmente con su propia madre; está obligada
a asumir lo que sería su madre si no fuera como ella, una niña.
– ¿Cuándo de te vas a morir?, pregunta Victorine a mamá,
en su caso es peor tenerla viva que muerta. La desprotección en
que se inscribe a Victorine desde el inicio, al desestimar a su madre,
predispone en Un, deux, trois soleil hacia el padecimiento, que
es finalmente su dominio.
La última película de Bertrand Blier, Mon Homme (Mi
hombre, 1996) es la historia de una prostituta feliz (Anouk Grinberg) por
el hallazgo del chulo ideal (Oliver Martinez), la obsesión de su
vida, a quién consagrarse en cuerpo y alma. Se acompañan,
pues, las aventuras de esta prostituta y de su proxeneta amado. "Es quizá
un cuento de hadas, pero un serio cuento de hadas... Es un poco la historia
de una chica que cuenta una historia maravillosa, luego su historia es
rota por él (su chulo) y finalmente descubre otra historia, verdadera,
más autentica y quizá mucho más maravillosa que la
narrada por ella al principio" comentaba Blier en rueda de prensa del Festival
de Berlín en 1996.
De este modo se completa una mirada secuencial sobre uno de los directores
más renovadores de la narrativa cinematográfica. Su frescura
y dimensión estilística reivindica, a cada estreno, la mocedad
del cine. Esa frescura o inteligencia expresiva bien ha sido distinguida
en Cannes, Berlín, Venecia, en fin; incluso hasta en Los Ángeles,
en los premios Oscar. Es momento de apreciarlo también, comenzando
por valorar ampliamente sus películas.
Bertrand Blier tiene 60 años y sin pretender hacer énfasis
en su edad como indicio de algo, resulta inevitable comentar que su fortaleza
creativa es tan edificante como la de cualquier párvulo realizador
recién salido de la Escuela de Nueva York o del London Film Institut
–con todo el ímpetu hacia lo experimental–; o en una comparación
mejor, tan edificante como el joven director Francés Mathieu Kassovitz,
quién actuó para él en Mon Homme.
La afamada "magia" del cine realmente existe, precisamente, porque directores como Bertrand Blier tienen la capacidad de conjurarla. |
|
|